Hoy amanecí de un humor amargado, y eso es fabuloso. Dentro de lo que tradicional y llanamente se conoce como de malas, hay una amplia gama de tonos y matices y ya había pasado mucho tiempo sin que yo alcanzara justo esta nota, la que me aqueja hoy, la que comenzaba a parecer que me quedaba alta.
La parte extraordinaria la compone el hecho de que he vuelto a recordar mis sueños, al menos parcialmente. Hace años lo podía hacer a diario. Incluso llevaba una bitácora (en un cuaderno, no un blog) en la que registraba los elementos más relevantes que se me revelaban en sueños. Había uno recurrente, por supuesto. Pero después, simplemente, dejó de suceder y mi caracter se volvió más ameno y mis mañanas más llevaderas. Sin embargo, hay algo que extrañaba, la pinche furia desconcertada. Ese breve instante, un nanosegundo, al despertar, en el que todavía no te reconoces como tú mismo. Proust decía que era el momento más cercano a sentirse (y ser) un animal.
Seguramente me ha influido lo que sucedió anoche. Como ya he relatado, hace pocas semanas me mudé de casa. Uno de mis primeros descubrimientos fue que los intersticios de este edificio están habitados por gatos de la conserjería. Incluso, hace unos días, vi a través de un hueco que da a un sótano, una mamá con sus crías. También he declarado ya por diversos medios que hay una habitación sin cortinas, que uso como estudio. La ventana da hacia una especie de garage sin techo. Al frente, a dos metros, hay una barda.
Ayer me quedé corrigiendo unos detalles de mi trabajo hasta pasada la medianoche. De pronto, escuché golpes y maullidos. No. No eran maullidos, eran gritos y lamentos más parecidos al sonido que lograría un niño aristócrata aprendiendo a tocar un violín de tripas de gato. Algo así. Lo que me llamó la atención eran los golpes, como de un palo azotando por todos lados. Me asomé por la ventana pero estaba obscuro. Sin saber aún si había entrado en una película de terror o de detectives o de asesinatos en serie o de locura, puse la cámara de la computadora a grabar para que quedara registro de lo que llegara a suceder. Si, así de paranoica.
Entre las gradaciones de sombras me pareció ver el perfil del conserje y mi mente fue rellenando lo que no veía con la idea de que era él quien apaleaba a los gatitos. Que tal vez estaba matando a las crías que había visto en el sótano, que se los estaba cogiendo, qué sé yo. Historias macabras que me llenaron de intriga, morbo y terror, pero sobretodo de una enferma ilusión de enfrentarme cara a cara con lo siniestro. El conserje no se movía ni un instante lo que contradecía el supuesto de que estaba apaleando a los felinos, podría ser una escoba olvidada o podría saberse observado y mantenerse inmóvil. Finalmente los sollozos se aplacaron y un gato que no había visto antes saltó sobre el resquicio de mi ventana.
Estos son mis días monótonos y mis noches acompasadas. Parece que no he escrito, pero no es así. Nada más que no he vaciado nada en este blog. He estado trabajando en una historia. Comenzó como un cuento en el que una persona dibuja bestias en un cuaderno y estas cobran vida y la obligan a dibujar más y más. Así hasta que la morfología del ser humano se extingue y se olvida y el mundo es habitado por seres fantásticos, combinaciones desproporcionadas de todos los animales. Entonces la persona dibuja la bestia definitiva que vuelve a ser un hombre, algo que la nueva generación de seres animados no habían visto antes y que contemplan con abominación. Obvio, esto es un resumen al hilo, sin ritmo ni detalles, que pierde la idea real (sic) que quiero transmitir.
Ah. Solo algo más. Esta mañana, por sobretodo, me ha apetecido eliminar las entradas de este blog. Ya lo he hecho una incontable cantidad de veces. Babelia, que siempre parece tan joven, tan inmadura y tan desnutrida, en realidad tiene dos años de vida y fácilmente más de 500 posts. Todos encriptados en un lenguaje sql-sepa-la-chingada que solo sirve para esconder.